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Internacional

Gustavo Petro es el nuevo presidente electo de Colombia

El boletín número 10 de la Registraduría señaló que, escrutado el 99,76 de las mesas, Petro, candidato del Pacto Histórico, sumó el 50,49% de los votos frente al 47,26% de Hernández. El ganador asumirá en el poder el 7 de agosto.

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El senador y exalcalde bogotano Gustavo Petro es el nuevo presidente electo de Colombia, según los resultados del preconteo oficial de la segunda vuelta de este domingo, en la que derrotó al populista Rodolfo Hernández.

El boletín número 10 de la Registraduría señala que, informadas el 89,35 de las mesas, Petro, candidato del Pacto Histórico, sumó el 50′,88 % de los votos, frente a un 46,85 % de Hernández, lo que significa una ventaja indescontable.

Petro asumirá como presidente el 7 de agosto
El próximo 7 de agosto Iván Duque traspasará el mando al flamante presidente electo Gustavo Petro, quien triunfó en la segunda vuelta electoral de hoy como candidato del Pacto Histórico. Ese día se decretó como la fecha de transición de administración por la conmemoración de la Batalla de Boyacá (1819), en la que el movimiento libertador se impuso sobre los españoles y se dio comienzo formal a la transformación de la Gran Colombia en una república.

El presidente electo decidirá la hora y el lugar en dónde se desarrollará la ceremonia. Tanto Duque como su antecesor, Juan Manuel Santos, optaron por sacar la posesión del Capitolio. El actual presidente lo hizo en la Plaza de Bolívar; y el segundo, entre el Congreso y la Casa de Nariño.

La ceremonia tradicionalmente comienza con el llamado del pleno del Congreso, luego el presidente de la rama legislativa toma el juramento del presidente electo y le pone la banda presidencial.

El presidente en sus funciones hace lo propio con su fórmula vicepresidencial y termina por posesionar a su gabinete en la Casa de Nariño, según recordó en un breve articulo el diario bogotano El Espectador.
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Internacional

Salman Rushdie: así empieza la novela por la que es perseguido a muerte desde 1989

Un nuevo intento de asesinato del escritor perseguido por extremistas islámicos reforzó el puesto de “Los versos satánicos” en el podio de los libros más polémicos de la historia. Leé un fragmento.

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Salman Rushdie: así empieza la novela por la que es perseguido a muerte desde 1989

Hay libros que, por su carácter controversial, disruptivo o contestatario, han pasado a la historia más por sus polémicas que por sus contenidos. No es necesario haber leído novelas como Lolita, El amante de Lady Chatterley o Matar a un ruiseñor para estar al tanto del revuelo que cada una ha generado al momento de su publicación, revuelo que, en muchos casos, permanece intacto varias décadas después.

Uno de los casos más destacados es el de Los versos satánicos, libro que volvió a estar en el ojo de la tormenta después del intento de asesinato que sufrió su autor, Salman Rushdie, mientras daba una conferencia en Nueva York el pasado 12 de agosto. Este ataque, sin embargo, lejos está de ser el primero que recibe el escritor británico-estadounidense de origen indio.

Publicado en 1988, Los versos satánicos desató una controversia mundial sin precedentes: en pocos meses fue víctima de censuras, prohibiciones, amenazas de bombas, manifestaciones, quemas de libros y atentados con decenas de víctimas fatales. Pero, lejos de amainar con el tiempo, su polémica solo creció.

Hadi Matar (24), acusado de apuñalar repetidas veces en el cuello a Rushdie (AP Photo/Gene J. Puskar).Hadi Matar (24), acusado de apuñalar repetidas veces en el cuello a Rushdie (AP Photo/Gene J. Puskar).

En 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, líder supremo de Irán, dio inicio a la fatwā contra Rushdie: una persecución a muerte al autor y a todos lo que estuvieran involucrados en la traducción, edición, distribución de su libro. “Comunico al orgulloso pueblo musulmán del mundo que el autor del libro Los versos satánicos —libro contra el islam, el Profeta y el Corán— y todos los que hayan participado en su publicación conociendo su contenido están condenados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los ejecuten allí donde los encuentren”, expresó Jomeiní, según cuenta Rushdie en Joseph Anton, Memorias del tiempo de la fatua, libro en el que detalla con minucia esta polémica.

El autor, sin embargo, no esperaba que Los versos satánicos, su cuarta novela, tuviera esas repercusiones, dado que su contenido era menos controversial que el de sus libros anteriores: “ Era una exploración mucho más íntima, personal, un primer intento de crear una obra a partir de su propia experiencia de emigración y metamorfosis. Era el libro menos político de los tres. Y el material basado en el origen del Islam (…) mostraba esencialmente admiración por el Profeta del Islam e incluso respeto”, escribe en Joseph Anton, Memorias del tiempo de la fatua.

Por fortuna, este último intento de asesinato, en el que un joven de 24 años lo apuñaló repetidas veces en el cuello, no fue letal. Después de ser internado de urgencia con heridas graves, Rushdie recuperó el habla y ya respira por sus propios medios. Pasó el susto. La fatwā continúa.

Así empieza “Los versos satánicos”, de Salman Rushdie

«Para volver a nacer —cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos— tienes que haber muerto. ¡Ay, sí! ¡Ay, sí! Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. ¡Ta-taa! ¡Takachum! ¿Cómo volver a sonreír si antes no lloraste? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer…»

Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido.

«Yo te digo que debes morir, te digo, te digo…», y así una vez y otra, bajo una luna de alabastro, hasta que una voz estentórea rasgó la noche:

«¡Al diablo con tus canciones! —Las palabras pendían, cristalinas, en la noche blanca y helada—. En tus películas sólo movías los labios porque te doblaban, así que ahórrame ahora ese ruido infernal.»

Gibreel, el solista desafinado, hacía piruetas al claro de luna, mientras cantaba su espontáneo gazal, nadando en el aire, ora mariposa, ora braza, enroscándose, extendiendo brazos y piernas en el casi infinito del casi amanecer, adoptando actitudes heráldicas, ora rampante, ora yacente, oponiendo la ligereza a la gravedad. Rodó alegremente hacia la sardónica voz. «Hola, compañero, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué hay, mi buen Chamchito?» A lo que el otro, una sombra impecable que caía cabeza abajo en perfecta vertical, con su traje gris bien abrochado y los brazos pegados a los costados, tocado, como lo más natural del mundo, con extemporáneo bombín, hizo la mueca propia del enemigo de diminutivos. «¡Eh, paisano! —gritó Gibreel, provocando otra mueca invertida—. ¡Es el mismo Londres, chico! ¡Allá vamos! Esos cabritos de ahí abajo no sabrán lo que se les vino encima, si un meteoro, un rayo o la venganza de Dios. Llovidos del cielo, muñeca. ¡Puummmmba! Cras, ¿eh? ¡Qué entrada, Yyyaaa! Yo te digo… Flas.»

Llovidos del cielo: un big bang seguido de catarata de estrellas. Un principio de Universo, un eco en miniatura del nacimiento del tiempo… el jumbo Bostan, vuelo AI-420 de la Air India, estalló sin previo aviso a gran altura sobre la grande, putrefacta, hermosa, nivea y resplandeciente ciudad de Mahagonny, Babilonia, Alphaville. Claro que Gibreel ya ha pronunciado su nombre, de manera que yo no puedo interferir: el mismo Londres, capital de Vilayet, parpadeaba, centelleaba y se mecía en la noche. Mientras, a una altura de Himalaya, un sol fugaz y prematuro estallaba en el aire cristalino de enero, un punto desaparecía de las pantallas de radar y el aire transparente se llenaba de cuerpos que descendían del Everest de la catástrofe a la láctea palidez del mar.

¿Quién soy yo?

¿Quién más está ahí?

Este no es el primer ataque que recibe Rushdie de parte de extremistas islámicos. "Los versos satánicos" fue víctima de censuras, prohibiciones, amenazas de bomba y atentados con víctimas fatales. (AP Photo)Este no es el primer ataque que recibe Rushdie de parte de extremistas islámicos. «Los versos satánicos» fue víctima de censuras, prohibiciones, amenazas de bomba y atentados con víctimas fatales. (AP Photo)

El avión se partió por la mitad, como vaina que suelta las semillas, huevo que descubre su misterio. Dos actores, Gibreel, el de las piruetas, y el abotonado y circunspecto Mr. Saladin Chamcha, caían cual briznas de tabaco de un viejo cigarro roto. Encima, detrás, debajo de ellos, planeaban en el vacío butacas reclinables, auriculares estéreo, carritos de bebidas, recipientes de los efectos del malestar provocado por la locomoción, tarjetas de desembarque, juegos de vídeo libres de aduana, gorras con galones, vasos de papel, mantas, máscaras de oxígeno… Y también —porque a bordo del aparato viajaban no pocos emigrantes, sí, un número considerable de esposas que habían sido interrogadas, por razonables y concienzudos funcionarios, acerca de la longitud y marcas distintivas de los genitales del marido, y un regular contingente de niños sobre cuya legitimidad el Gobierno británico había manifestado sus siempre razonables dudas—, también, mezclados con los restos del avión, no menos fragmentados ni menos absurdos, flotaban los desechos del alma, recuerdos rotos, yoes arrinconados, lenguas maternas cercenadas, intimidades violadas, chistes intraducibies, futuros extinguidos, amores perdidos, significado olvidado de palabras huecas y altisonantes, tierra, entorno natural, casa.

Un poco aturdidos por el estallido, Gibreel y Saladin bajaban como fardos soltados por una cigüeña distraída de pico flojo, y Chamcha, que caía cabeza abajo, en la posición recomendada para el feto que va a entrar en el cuello del útero, empezó a sentir una sorda irritación ante la resistencia del otro a caer con normalidad. Saladin descendía en picado mientras que Farishta abrazaba el aire, asiéndolo con brazos y piernas, con los ademanes del actor amanerado que desconoce las técnicas de la sobriedad. Abajo, cubiertas de nubes, esperaban su entrada las corrientes lentas y glaciales de la Manga inglesa, la zona señalada para su reencarnación marina.

«Oh, mis zapatos son japoneses —cantaba Gibreel, traduciendo al inglés la letra de la vieja canción, en semiinconsciente deferencia hacia la nación anfitriona que se precipitaba a su encuentro—, el pantalón, inglés, pues no faltaba más. En la cabeza, un gorro ruso rojo; mas el corazón sigue siendo indio, a pesar de todo.» Las nubes hervían, espumeantes, cada vez más cerca, y quizá fuera por aquella gran fantasmagoría de cúmulos y cumulonimbos, con sus tormentosas cúspides enhiestas a la luz del amanecer, quizá fuera el dúo (cantando el uno y abucheando el otro) o quizás el delirio provocado por la explosión que les evitaba apercibirse de lo inminente…, lo cierto es que los dos hombres, Gibreelsaladin Farischtachamcha, condenados a esta angelicodemoníaca caída sin fin pero efímera, no se dieron cuenta del momento en que empezaba el proceso de su transmutación. ¿Mutación?

Sí, señor; pero no casual. Allá arriba, en el aire-espacio, en ese campo blando e intangible que el siglo ha hecho viable y que se ha convertido en uno de sus lugares definitorios, la zona de la movilidad y de la guerra, la que empequeñece el planeta, la del vacío de poder, la más insegura y transitoria, ilusoria, discontinua y metamórfica —porque, cuando lo arrojas todo al aire, puede ocurrir cualquier cosa—, allá arriba, decía, se operaron, en unos actores delirantes, cambios que habrían alegrado el corazón del viejo Mr. Lamarck: bajo extrema presión ambiental, se adquirieron determinadas características.

¿Qué características respectivamente? Calma, ¿se han creído que la Creación se produce a marchas forzadas? Bien, pues la revelación tampoco… Echen una mirada a la pareja. ¿Observan algo extraño? Sólo dos hombres morenos en caída libre; la cosa no tiene nada de particular, pensarán, treparon demasiado, se pasaron, volaron muy cerca del sol, ¿no es eso? No es eso. Presten atención.

Mr. Saladin Chamcha, consternado por los sonidos que manaban de la boca de Gibreel Farishta, contraatacó con sus propios versos. Lo que Farishta oyó tremolar en el fantasmagórico aire nocturno era también una vieja canción, letra de Mr. James Thomson, mil setecientos a mil setecientos cuarenta y ocho. «… por orden del cielo —entonaba Chamcha con unos labios que el frío ponía patrióticamente rojos, blancos y azules— surgió del aaaazul… —Farishta, consternado, se desgañitaba cantando a los zapatos japoneses, los gorros rusos y los corazones inviolablemente subcontinentales, pero no conseguía ahogar la atronadora voz de Saladin— … y los ángeles de la guaaaarda entonaban el estribillo.»

Desengañémonos, era imposible que se oyeran mutuamente, y no digamos que conversaran y compitieran en el canto de esta manera. Acelerando hacia el planeta, con la atmósfera silbando alrededor, ¿cómo habían de oírse? Pero, desengañémonos nuevamente, se oían.

Se precipitaban hacia abajo y el frío invernal que les escarchaba las pestañas y amenazaba con helarles el corazón estaba a punto de despertarles de su ensueño exaltado, ya iban a percatarse del milagro del canto, de la lluvia de extremidades y de niños de la que ellos formaban parte y del horrible destino que subía a su encuentro cuando, empapándose y congelándose instantáneamente, se sumergieron en la ebullición glacial de las nubes.

ARCHIVO - Salman Rushdie asiste a la 68a ceremonia y cena benéfica del Premio Nacional del Libro, el 15 de noviembre de 2017 en Nueva York. (Foto por Evan Agostini/Invision/AP, archivo)ARCHIVO – Salman Rushdie asiste a la 68a ceremonia y cena benéfica del Premio Nacional del Libro, el 15 de noviembre de 2017 en Nueva York. (Foto por Evan Agostini/Invision/AP, archivo)

Se hallaban en lo que parecía ser un largo túnel vertical. Chamcha, atildado, envarado y todavía cabeza abajo, vio cómo Gibreel Farishta, con su camisa sport color púrpura, nadaba hacia él por aquel embudo con paredes de nube, y quiso gritar: «No te acerques, aléjate de mí», pero algo se lo impidió, un agudo cosquilleo que se iniciaba en sus intestinos, de manera que, en lugar de proferir palabras hostiles, abrió los brazos y Farishta nadó hacia ellos y quedaron abrazados cabeza con pie, y la fuerza de la colisión les hizo voltear y caer haciendo molinetes por el agujero que conducía al País de las Maravillas. Mientras se abrían paso, surgieron de la blancura una sucesión de formas nebulosas, en metamorfosis incesante de dioses en toros, mujeres en arañas y hombres en lobos. Nubes-criaturas híbridas se precipitaban hacia ellos, flores gigantes con pechos humanos colgadas de tallos carnosos, gatos alados y centauros, y Chamcha, en su aturdimiento, tenía la impresión de que también él había adquirido calidad nebulosa y metamórfica, híbrida, como si estuviera convirtiéndose en la persona cuya cabeza estaba inserta entre sus piernas y cuyas piernas se enlazaban alrededor de su largo y estirado cuello.

Aquella persona, empero, no tenía tiempo para tales fantasías; es más, era incapaz de entregarse al más nimio fantaseo. Y es que acababa de ver emerger del remolino de las nubes la figura de una seductora mujer de cierta edad, con sari de brocado verde y oro, brillante en la nariz y moño alto bien defendido por la laca de los embates del viento de las alturas, que viajaba cómodamente sentada en alfombra voladora. «Rekha Merchant — saludó Gibreel—, ¿acaso no has podido encontrar el camino del cielo?»

¡Impertinentes palabras para ser dichas a una muerta! Pero, en descargo del osado, puede aducirse su condición traumatizada y vertiginosa… Chamcha, agarrado a sus piernas, profirió una interrogación de perplejidad: «¿Qué diablos?»

«¿Tú no la ves? —gritó Gibreel—. ¿No ves su recondenada alfombra de Bokhara?»

No, no, Gibbo, susurró en sus oídos la voz de la mujer; no esperes que él confirme. Yo soy única y estrictamente para tus ojos, excremento de cerdo, mi bien. Con la muerte llega la sinceridad, amor, y ahora puedo llamarte por tu nombre.

La nebulosa Rekha murmuraba agrias trivialidades, pero Gibreel gritó otra vez a Chamcha: «Compa, ¿la ves o no la ves?»

Saladin Chamcha no veía, ni oía, ni decía nada. Gibreel se encaró con ella solo. «No debiste hacerlo —la reprendió—. No, señora. Es un pecado. Una enormidad.»

Oh, y ahora me riñes, rió ella. Ahora tú eres el que se da aires de moralidad, qué risa. Tú me dejaste, le recordó su voz al oído, como si le mordisqueara el lóbulo de la oreja. Fuiste tú, luna de mis delicias, el que se escondió en una nube. Y yo me quedé a oscuras, ciega, perdida por amor.

Él empezaba a tener miedo. «¿Qué quieres? No; no me lo digas, sólo márchate.»

Cuando estuviste enfermo, yo no podía ir a verte, por el escándalo; tú sabías que no podía, que me mantenía apartada por tu bien, pero después me castigaste, lo utilizaste de pretexto para marcharte, de nube para esconderte. Eso, y también a ella, la mujer de los hielos. Canalla. Ahora que estoy muerta he olvidado cómo se perdona. Yo te maldigo, mi Gibreel, que tu vida sea un infierno. Un infierno, porque ahí me mandaste, maldito seas, y de ahí viniste, demonio, y ahí vas, imbécil, que te aproveche la jodida zambullida. La maldición de Rekha y, después, unos versos en una lengua que él no entendía, secos y sibilantes, en los que repetidamente creyó distinguir, o tal vez no, el nombre de Al-Lat.

Gibreel se apretó contra Chamcha y salieron de las nubes. La velocidad, la sensación de velocidad volvió, silbando su nota escalofriante. El techo de nubes voló hacia lo alto, el suelo de agua se acercó y ellos abrieron los ojos. Un grito, el mismo grito que aleteaba en su vientre cuando Gibreel nadaba por el cielo, escapó de labios de Chamcha; un rayo de sol taladró su boca abierta liberándolo. Pero Chamcha y Farishta, que habían caído a través de las transformaciones de las nubes, también tenían contorno vago y difuso, y cuando la luz del sol dio en Chamcha, liberó algo más que un grito.

«Vuela —gritó Chamcha a Gibreel—. Echa a volar, ya.» Y, sin saber la razón, agregó lada orden: «Y canta.»

¿Cómo llega al mundo lo nuevo? ¿Cómo nace?

¿De qué fusiones, transubstanciaciones y conjunciones se forma?

¿Cómo sobrevive, siendo como es tan extremo y peligroso? ¿Qué compromisos, qué pactos, qué traiciones a su íntima naturaleza tiene que hacer para contener a la panda de demoledores, al ángel exterminador, a la guillotina?

¿Es siempre caída el nacimiento?

¿Tienen alas los ángeles? ¿Vuelan los hombres?

Quién es Salman Rushdie

♦ Nació en Bombay, India, en 1947.

♦ Es un escritor y ensayista británico-estadounidense de origen indio.

♦ Su segunda novela, Hijos de la medianoche, ganó el Premio Booker en 1981 y fue considerada «la mejor novela de todas las ganadoras» en dos ocasiones, con motivo del 25 y el 40 aniversario del premio.

♦ Recibió amenazas de muerte a causa de su cuarta novela, Los versos satánicos, incluida una fatwā que pedía su asesinato, emitida por el ayatolá Ruhollah Jomeiní, entonces líder supremo de Irán.

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Internacional

Réquiem a Safia, Mi Amor

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Por Bachir Edkhil*

Loubeyrat[1] era un pequeño puesto fronterizo marroquí, lindante con la frontera de la capital de la frustración, llamada Tinduf (Argelia). O sea, situado en ningún lugar. Allí nunca pasa nada; en parte, porque la población era poco numerosa, habituada y conforme con rudimentos de prácticas ancestrales de vida nómada, y porque casi todos los hombres carecían de profesión precisa. Las pocas mujeres que había allí apenas bastaban con las labores de sus hogares.

Lo único novedoso e importante que perturbaba, cada vez, esa eterna espera, era ese murmullo, casi imperceptible, de los pasos cansinos de sus transeúntes, (una vez al mes), cuando se dirigían, casi en fila inda, repetida por inercia, y efecto del evidente hastío por la  repetición de los mismos andares, los mismos gestos y los mis resultados,  convertida en una especie de procesión eterna hacia la oficina de la pagaduría del gobierno, para recibir la menguada paga mensual, que apenas da para más  allá de una modesta vida. Aun así, el populacho se anima cada vez cuando se acercaba el sagrado mes del ramadán, y se improvisaban mercados que vendían lo elemental, y alguno que otro animal, paliativo temporal del gasto extra en el sustento familiar.

El vulgo estaba acostumbrado al silencio casi absoluto.  No conocía ni bullicio, ni tránsito, ni comercio, ni alegría, ni felicidad. Todo el mundo vivía a la espera, y en la evidente miseria.  Sus habitantes pasaban sus días lánguidos, tristes y largos, jalonados, inusualmente por breves acontecimientos, nimios, y sin importancia. Era una población congelada en el tiempo y en el espacio. Solían estar en expectación de las pocas y casi imposibles fiestas de la celebración de algún acto nupcial, o acontecer de las costumbres milenarias, que llevaban clonándose miles de años, como si fueran un sacramento existencial. Era el mismo guión de siempre. Nada cambiaba. Esa plebe podía pasar a mejor vida en silencio y quietud, si no fuera por el terrible drama, acontecido en un nefasto día de enero de 1979.

Ese fatídico día cambiaría para siempre la vida de ese pequeño y pacifico pueblo y su gente. Ya nada ni nadie de los de allí presentes será lo mismo.

Una de esas humildes familias tenía una hija, de nombre Safia  (pureza). Hija única, hecho insólito en una población muy dada a la procreación.  Tenia la piel tan clara que parecía catapultada, por milagro, de Suecia. Una pequeña “sueca” en medio de ningún sitio, y de la comunidad mora, caracterizada por el tono de piel más moreno que rubio. Esa niña se asemejaba a una joya cristalina en medio de una sombra muy oscura. Esbelta y muy bella para su edad, a pesar de rondar los catorce años incumplidos. Esos mismos años los había pasado en ese pequeño perímetro de su pueblo, que ella creía que era inmenso. Nunca había tratado con foráneos, ni tuvo contacto con varones que no sean de su propia estirpe cercana, y de muy lejos las veían como si fuera la reliquia del pueblo, y un don de Allah, casi un patrimonio exclusivo para ese pueblo. Todos los varones sabían que Sofia era para ver de lejos y no tocar. Y soñaban todos con casarse algún día con ella. Era el sueño de todos de los jóvenes.  Su simple vida era una copia joven de la de su madre, y de su abuela, y de su tatarabuela. Cada cual procuraba, con fidelidad meridiana, clonar la vida de la anterior hasta muchas generaciones detrás.

Safia era la pureza personificada, como significaba su propio nombre. Y tanto ancianos como jóvenes le prometían un fututo radiante y feliz, pero como dijo el dicho, el hombre propone y Dios dispone.  Tanto Safia, la pura, la bella, la radiante, la inocente, como su gente tuvieron otro destino inesperado e inconcebible. El padre, Husein, cuidaba su jardín secreto, se sacrificaba aventurándose por todos los cerros de la Hamada en busca de mercancías que podía transportar de un lado a otro. Conducía una cacharra de camión (Dodge) de los de antes, que se averían cada vez. Y Husein, mecánico por las circunstancias, solía estar o al volante del camino o debajo, intentando arreglar   los deterioros acostumbrados. Por desgracia esa honesta, pacífica y mundana vida se estropearía muy pronto por agentes extraños que convierten esa paz en horror.

Dicen que un mal conduce a otro, pues los años finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, el Polisario, organización político militar, asentada en territorio argelino, asesorada y organizada por los militares de ese país socialista, declara una cruenta guerra contra Mauritania y Marruecos, y también contra los españoles, sobre todo pescadores canarios y trabajadores civiles españoles que obraban o en el Sahara o en el Océano Atlántico. Es de sobra conocido, en algunos medios españoles, allá a mediados de los años ochenta del siglo pasado, la triste declaración del representante del Polisario, entonces en Madrid, cuando fue expulsado por Felipe González, al declarar que los canarios tenían que elegir entre el hambre o la orfandad de sus hijos pescadores.

Por supuesto, esa guerra sin fronteras, lleva por delante tanto civiles como militares, tuvo sus incursiones en zonas, más al norte, del territorio disputado, como Tata, Tantan[2] o Loubeyrat, y así mismo en todo el territorio mauritano.

Esa guerra generalizada, cuyos guerrilleros armados con armamentos sofisticados donados por libios de Gadafi o argelinos, no reparó en diferenciar entre el civil y el militar. Todo eran tratados por igual. Con la furia más atroz y el empeño de derramar sangre a cualquiera que no se sometiera a sus oscuros designios. Eso lo llamaban “guerra de liberación para la autodeterminación” o “la guerra de liberación la garantizan las masas”, que solo lo entendían por independencia. No cabían para ellos ninguna otra opción.

En ese contexto, esa mañana del enero de 1979, el pequeño pueblo de Loubeyrat, se levantaba aterrizado por el ruido de motores, que cada vez se engrandecía y ensordecía a esa pobre gente.   En seguida se dieron cuenta que las fuerzas polisarias, con sus Land Rover y tanques había rodeado el pueblo, y empezaron a bombardear las escasas casas de civiles, después de apoderarse de la poca numerosa y testimonial guardia de soldados saharauis marroquíes, que nunca había participado en ninguna guerra desde el nacimiento de Adán hasta ese momento.

En menos de lo que canta un gallo, todas las personas que no habían sido asesinadas con metrallas u obuses, se encontraban amordazadas, pies y manos, y arrojadas, como bultos, en los maleteros de los vehículos que ronroneaban terriblemente. Unos caen sobre otros, pavoridos y angustiados. Aun no visualizan la dimensión de su tragedia.

En cuanto a Safia, la pequeña, corría la misma suerte que su propio padre, mientras que el resto de la familia moría asesinado en su propia casa. Ella, por un momento, tuvo suerte por estar fuera, en ese momento del bombardeo a su casa. Llevaba el pienso diario a sus cabras, arrinconadas en un bloque de adobe, un poco lejos del pueblo. Y cuando oyó el ruido, corrió pavorida hacia su familia. Su tierno corazón le salía por la boca.  El zumbido de pálpito le ensordecía.  Llegaba tarde a la escena del crimen, y la atraparon con suma violencia, como se adivina, y la arrojaron como un bulto, con los demás, en los baúles de esos sucios y polvorientos coches. El padre también se había salvado en ese momento, al encontrarse en la pequeña mezquita con sus amigos y familiares.

En ese día la plegaria erró el camino, y todos lo que rezaban en la pequeña mezquita fueron apresados y llevados a los coches, que ronronean con furia, como bestias de hierro.  El comandante de los atacantes, que no es más que el temible S.B., originario de Tan Tan, hijo de un suboficial de las fuerzas armadas marroquíes ordenaba a sus tropas el abandono inmediato del puesto enseguida después de cargar el botín y los rehenes. Y desaparecían como llegaron. Siembran la destrucción y la muerte y desaparecen detrás de una nube de viento de polvo, provocada por las ruedas de los vehículos. Una vez adentrados en territorio argelino el comandante les ordena seguir la ruta hacia Rabuni[3] (capitanía general del Polisario), y se quedaba con una pequeña guardia, y su botín particular: Safia. Estaba pavorida, derramaba todo el reservorio de lágrimas que nunca usó, temblorosa no sabía qué hacer. Era tan bella que incluso sufriendo parece una Venus.

El comandante, que era de mediana estatura, musculoso y con el cabello encrespado, de un truhan innato emana violencia y maldad al mismo tiempo. Parece que llevaba una eternidad acumulando su maldad y la de los otros. En la menor ocasión demuestra su furia y comete los actos más violentos, más inverosímiles. Esta vez está muy satisfecho después de arrasar con el pequeño pueblo de Loubeyrat, y raptado a Safia a su particular reino, habitable solo para sus propios designios aborrecibles. Sus guardias, como perros adiestrados, cumplían con sus deseos en silencio y eficiencia. Nadie podía proferir una sola palabra, ni manifestar descontento. Son como autómatas de bronce al servicio de S.B. Una vez instalados a la sombra de unos cerros del desierto que les servía de protección en caso de incursiones del enemigo, el equipo de guardianes se apresuraba a montar la pequeña tienda para el comandante, otros optaban por preparar la comida, traer leña, y degollar y desollar una cabra, de las raptadas del pueblo, en un santiamén, y uno, el más fiel y sádico, se ofrece a preparar el famoso té sahariano. Mientras tanto, el comandante se deleitaba con observar a Safía, la niña aun amordazada, muerta de miedo, no realizaba lo acontecido realmente. No entendía lo que ocurría ni imaginaba su próximo futuro.

El comandante, después de tomar el primer bocado y el primer vaso de té, esbozaba una sonrisa maliciosa para sí, y ordenaba que le llevaran a Safia a su tienda para interrogarla, decía. Su fiel y eterno servidor, Lafreiri, cumplía la orden con esmero enfermizo, y la niña pateaba y lloraba como nunca, como si adivinara la tragedia. Al final, la agarraba con fuerza, la tiraba sobre sus hombros habituados a torturar a personas, y la metía en la tienda. En frente, está el comandante, visiblemente feliz.  Desaparece el lugarteniente, el comandante, desataba a la pequeña, la agarraba con ferocidad, la tumbaba con fuerza, rasgaba la poca ropa que llevaba, y la violaba con furia. Ella enseguida perdía el conocimiento y el honor para siempre. Como una fiera hambrienta, el comandante lame sus heridas por los rasguños provocados por la pequeña en sus desesperada e inútil autodefensa, y la violaba de nuevo. Una y otra vez. Y así unas cuantas veces. La niña, exhausta, no tenía más remedio que tranquilizarse y se resignaba a no moverse, como si entrara en un letargo inicial antes de la muerte absoluta. Y, él salía de la tienda para recobrar fuerzas, tomar su segundo vaso de té, y comer otro bocado de carne, servido por sus pobres soldados improvisados y engañados por una causa, que para muchos no era su causa, convertida en una verdadera farsa.  La niña permanecía en la tienda aturdida, y por supuesto asqueada y muerta de miedo, pavorida. Cae la primera noche en medio de tierra desconocida, en medio de enemigos, y por primera vez Safia pasaba la noche fuera de su casa, y del cariño de sus padres, sobre todo de la madre. Se negaba a tomar agua o comer. Los guardianes lo intentaban una y otra vez, pero la joven se aferraba a no tocar nada, aunque le cueste la vida.  El comandante después de pasar un rato con sus soldados, encendía una luz improvisada con cables y baterías de vehículos, y se introducía,  con sigilo, como una serpiente, en su tienda, y volvía a la carga con la pobre víctima. Esos abominables e inmundos actos, esa barbarie se reflejaba, gracias a la luz, en las paredes de la tienda y son observados por los guardias, no sin oculto deleite, como una manada de lobos hambrientos sexualmente. Recibían también ellos su parte del botín. Se extasiaban, como dementes, con esas escenas obscenas de su comandante con la niña raptada de Loubeyrat.

Tales escenas se convertirían en el único motivo de la permanencia de esa pequeña guarnición, en medio del desierto, durante casi dos meses. La misión revolucionaria de esa partida de guerrilleros consistía en custodiar al comandante. Éste malvado repetía   todas las noches, y algunas veces los días, las mismas escenas, y los soldados robaban las imágenes reflejadas. Y Safia, aunque sobrevivía a duras penas empezaba a habituarse a su nueva cárcel, es notoria la pérdida de peso, y belleza, enjuta se convertía en un verdadero cadáver.  El calvario de Safia seguía en secreto excepto para su propio padre apresado y encerrado en la triste mazmorra de Rachid. Pasados casi dos meses, el comandante se da cuenta que la niña le empezaba a surgir el bulto del embarazo, entonces decide lo peor. La madrugada siguiente de ese descubrimiento, el comandante ordenaba a su lugarteniente que se preparaban para retornar a Rabuni al despuntar el día siguiente. Antes de la partida, dos de sus soldados arrastran a la niña a un escampado, ella adivinó su final y perdió la voz, pateaba como nunca, y sin que le tiemble el pulso, el comandante, la fusilaba a bocajarro. Ordena su entierro en la nada. Se da la vuelta.  Y da la orden de partida.

Año atrás, aparecía el padre, Husein, después de ser liberado de la cárcel Rachid[4], ante el comandante, y le pide que le devolviera a su hija o que le indicara su paradero. Le da lastras y lo convocaba para la noche siguiente, cerca del cuartel militar de Rabuni, en una cárcel escondida allí. El pobre hombre, víctima de su ingenuidad e ignorancia, creía que podría encontrar a su hija o al menos sus noticias. Es así que pasa todo el día inquieto en espera de la hora convenida con el comandante.  Llegado el momento, Husein parecía en el lugar indicado, y encuentra, para su sorpresa, en frente al mismo Lafreiri[5] con un pelotón de los suyos. Era ya de noche y ya no tiene escapatoria. Ya conocía esos métodos. Como salvajes sarnosos se lanzaron con furia sobre el pobre hombre, lo amordazaron, y lo arrastraron hasta un hoyo vacío, y lo fusilaron allí mismo en ese momento. El viejo hombre corre la misma suerte que su única hija Safia. Muere en el anonimato sin saber el por qué ni cual era su crimen. Y así fue como Safia, su padre y, muchos más han, sido sentenciados por algún que otro dirigente del Polisario. Ese macabro método ha sido practicado por la dirección del Polisario durante más de cuatro décadas, y nunca nadie de sus acólitos, sobre todo españoles, les han preguntado por esos crímenes cometidos en la arena del vasto desierto. Casi todos los amigos y amigas del “pueblo” miran al otro lado como si no mataran nunca una mosca.

La opinión sahariana conoce muchos de estos crimines cometidos allí, pero pocos se atreven a denunciarlos o incluso comentarlos.  Hubo una purga sin nombre contra intelectuales, algunos miembros de tribus destacadas. Y sobre todo las victimas son de tribus no originarias del territorio argelino. El propio autor de este texto fue uno de las primeras víctimas de esa junta de terroristas.  Los autores de esos crimines se siguen recibiendo en países occidentales como defensores de los derechos humanos o como víctimas. Y las verdaderas víctimas se han enterrado en el olvido y en la arena del desierto. Viva la revolución de los “derechos humanos”, de la mujer más violada del mundo.

Safia descansa para siempre en alguna parte del desierto, sin derecho a una tumba ni a un obituario, ni a un nombre ni a un reconocimiento, en el anonimato más absoluto. Y el comandante sigue vendiendo humo a unos cuantos embobados con eslóganes bonitos de una revolución que nunca existió, comprando casas en países occidentales que se jactan de defender los derechos humanos.  No es más que una estafa sin nombre y abominable. Algún día la historia reconocerá las víctimas del Polisario por mucho que se ocultan o se justifican por razones políticas.

[1] Loubeyrat, enclave fronterizo marroquí  cerca de la frontera argelina

[2] Tan Tan ciudad marroquí de donde proceden la mayoría de los dirigentes del Polisario.

[3] Rabuni: está situada la capital del Polisario a unos 25 kilómetros de la ciudad de Tinduf, dentro del territorio argelino.

[4] La temible cárcel bajo tierra de Rachid es el primer invento del Polisario. Perdida en territorio argelino bajo domino del Polisario. Allí se cometieron los mayores crimines del Polisario. Muchas personas murieron allí bajo la tortura más abyecta, inclusive extranjeros.

[5] Lafreiri, de nombre Abdel Wadoud, originario de la ciudad argelina, era uno de los  principales capos de los torturadores del Polisario . Su triste nombre es aborrecible en esos campos. Lo han promocionado para secretario general de un ministerio.

*Bachir Edkhil, hispanista de origen magrebí. Activista en pro del desarrollo sostenido y responsable de las bases de la pirámide donde los más afectados puedan participar en la solución de sus problemas inherentes al subdesarrollo y carencia de medios. Estudió Ciencias de la Educación, Estudios Hispanos y Ciencias Políticas. Colaboró en la formación y desarrollo de organizaciones sin ánimo de lucro en pro del respeto a la vida humana. Columnista en revistas marroquíes e hispano marroquíes. Participa en cursos y mesas redondas sobre el Sáhara, en España y países del mundo. Investigador sobre cuestiones saharauis y autor de artículos para prensa. Conferencista en radio y televisión. Organiza con la Universidad Mohamed V congresos académicos “Entre dos orillas” para fomentar diálogo entre pueblos y naciones del Sur. Comprometido en el desarrollo de una red de proyectos para la economía social en el saharaui para personas sin recursos. Es politólogo, experto en economía social y presidente de Alter Forum, la ONG líder en el Sahara. Es diplomático correspondiente de la Academia Española del Reino de España. Autor del libro Duna Desnuda y de Escribir sobre dunas (Sahara). Colaborador en La Voz del Árabe.

Fuente: La Voz del Árabe /El Desafío

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Internacional

Empresario saudita se desplomó y murió en medio de un discurso en Egipto

Muhammad Al-Qahtani estaba elogiando al presidente Abdelfattah El Sisi y siendo aplaudido cuando cayó al suelo

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Empresario saudita se desplomó y murió en medio de un discurso en Egipto

Un representante saudita murió este martes en medio de un discurso en Egipto, desplomándose a un metro del atril durante una Conferencia Árabe-Africana en El Cairo.

Las imágenes fueron compartidas por el periodista Abdullah ELshrif, quien informó que se trata de Muhammad Al-Qahtani, un empresario residente en Emiratos Árabes Unidos que tiene cargos honorarios del reino saudita, como embajador de buena voluntad.

Según aseguró el reportero, sus últimas palabras antes de morir fueron elogios para el presidente de Egipto, Abdelfattah El Sisi, a quien describía como “decano de la humanidad y un hombre de paz”. Momentos después, colapsó y no se recuperó.

Los presentes, que momentos antes lo estaban aplaudiendo, se apuraron a asistirlo en medio de la conmoción, pero sus esfuerzos fueron en vano.

Antes de su discurso, Al-Qahtani había escuchado las otras intervenciones en la mesa junto a su esposa, Aisha Al-Jabri.

Al-Qahtani junto a su esposa en la mesa principal del evento

Por ahora, se desconocen las causas de la muerte. La embajada saudita en El Cairo no emitió comunicados sobre el tema.

Al-Qahtani es homónimo de un destacado profesor de economía con un largo historial de activismo por los derechos humanos. También comparte el nombre con un ex preso de la cárcel de Guantánamo. Sin embargo, reportes locales indican que se trata de un empresario.

Según el portal Arabi21, al evento asistieron representantes de organismos y organizaciones internacionales, regionales y árabes, así como varios embajadores y personalidades árabes.

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