Un terremoto de magnitud 5,9 sacudió durante la madrugada de este domingo la región de Kanto, donde se encuentra Tokio, y dejó al menos 30 personas heridas en las prefecturas de Ibaraki, Chiba y Saitama. El movimiento se produjo alrededor de las 2 de la madrugada y generó alertas de emergencia en distintos puntos del este de Japón.
Internacional
Salman Rushdie: así empieza la novela por la que es perseguido a muerte desde 1989
Un nuevo intento de asesinato del escritor perseguido por extremistas islámicos reforzó el puesto de “Los versos satánicos” en el podio de los libros más polémicos de la historia. Leé un fragmento.
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Hay libros que, por su carácter controversial, disruptivo o contestatario, han pasado a la historia más por sus polémicas que por sus contenidos. No es necesario haber leído novelas como Lolita, El amante de Lady Chatterley o Matar a un ruiseñor para estar al tanto del revuelo que cada una ha generado al momento de su publicación, revuelo que, en muchos casos, permanece intacto varias décadas después.
Uno de los casos más destacados es el de Los versos satánicos, libro que volvió a estar en el ojo de la tormenta después del intento de asesinato que sufrió su autor, Salman Rushdie, mientras daba una conferencia en Nueva York el pasado 12 de agosto. Este ataque, sin embargo, lejos está de ser el primero que recibe el escritor británico-estadounidense de origen indio.
Publicado en 1988, Los versos satánicos desató una controversia mundial sin precedentes: en pocos meses fue víctima de censuras, prohibiciones, amenazas de bombas, manifestaciones, quemas de libros y atentados con decenas de víctimas fatales. Pero, lejos de amainar con el tiempo, su polémica solo creció.
Hadi Matar (24), acusado de apuñalar repetidas veces en el cuello a Rushdie (AP Photo/Gene J. Puskar).En 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, líder supremo de Irán, dio inicio a la fatwā contra Rushdie: una persecución a muerte al autor y a todos lo que estuvieran involucrados en la traducción, edición, distribución de su libro. “Comunico al orgulloso pueblo musulmán del mundo que el autor del libro Los versos satánicos —libro contra el islam, el Profeta y el Corán— y todos los que hayan participado en su publicación conociendo su contenido están condenados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los ejecuten allí donde los encuentren”, expresó Jomeiní, según cuenta Rushdie en Joseph Anton, Memorias del tiempo de la fatua, libro en el que detalla con minucia esta polémica.
El autor, sin embargo, no esperaba que Los versos satánicos, su cuarta novela, tuviera esas repercusiones, dado que su contenido era menos controversial que el de sus libros anteriores: “ Era una exploración mucho más íntima, personal, un primer intento de crear una obra a partir de su propia experiencia de emigración y metamorfosis. Era el libro menos político de los tres. Y el material basado en el origen del Islam (…) mostraba esencialmente admiración por el Profeta del Islam e incluso respeto”, escribe en Joseph Anton, Memorias del tiempo de la fatua.
Por fortuna, este último intento de asesinato, en el que un joven de 24 años lo apuñaló repetidas veces en el cuello, no fue letal. Después de ser internado de urgencia con heridas graves, Rushdie recuperó el habla y ya respira por sus propios medios. Pasó el susto. La fatwā continúa.
Así empieza “Los versos satánicos”, de Salman Rushdie

«Para volver a nacer —cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos— tienes que haber muerto. ¡Ay, sí! ¡Ay, sí! Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. ¡Ta-taa! ¡Takachum! ¿Cómo volver a sonreír si antes no lloraste? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer…»
Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido.
«Yo te digo que debes morir, te digo, te digo…», y así una vez y otra, bajo una luna de alabastro, hasta que una voz estentórea rasgó la noche:
«¡Al diablo con tus canciones! —Las palabras pendían, cristalinas, en la noche blanca y helada—. En tus películas sólo movías los labios porque te doblaban, así que ahórrame ahora ese ruido infernal.»
Gibreel, el solista desafinado, hacía piruetas al claro de luna, mientras cantaba su espontáneo gazal, nadando en el aire, ora mariposa, ora braza, enroscándose, extendiendo brazos y piernas en el casi infinito del casi amanecer, adoptando actitudes heráldicas, ora rampante, ora yacente, oponiendo la ligereza a la gravedad. Rodó alegremente hacia la sardónica voz. «Hola, compañero, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué hay, mi buen Chamchito?» A lo que el otro, una sombra impecable que caía cabeza abajo en perfecta vertical, con su traje gris bien abrochado y los brazos pegados a los costados, tocado, como lo más natural del mundo, con extemporáneo bombín, hizo la mueca propia del enemigo de diminutivos. «¡Eh, paisano! —gritó Gibreel, provocando otra mueca invertida—. ¡Es el mismo Londres, chico! ¡Allá vamos! Esos cabritos de ahí abajo no sabrán lo que se les vino encima, si un meteoro, un rayo o la venganza de Dios. Llovidos del cielo, muñeca. ¡Puummmmba! Cras, ¿eh? ¡Qué entrada, Yyyaaa! Yo te digo… Flas.»
Llovidos del cielo: un big bang seguido de catarata de estrellas. Un principio de Universo, un eco en miniatura del nacimiento del tiempo… el jumbo Bostan, vuelo AI-420 de la Air India, estalló sin previo aviso a gran altura sobre la grande, putrefacta, hermosa, nivea y resplandeciente ciudad de Mahagonny, Babilonia, Alphaville. Claro que Gibreel ya ha pronunciado su nombre, de manera que yo no puedo interferir: el mismo Londres, capital de Vilayet, parpadeaba, centelleaba y se mecía en la noche. Mientras, a una altura de Himalaya, un sol fugaz y prematuro estallaba en el aire cristalino de enero, un punto desaparecía de las pantallas de radar y el aire transparente se llenaba de cuerpos que descendían del Everest de la catástrofe a la láctea palidez del mar.
¿Quién soy yo?
¿Quién más está ahí?
Este no es el primer ataque que recibe Rushdie de parte de extremistas islámicos. «Los versos satánicos» fue víctima de censuras, prohibiciones, amenazas de bomba y atentados con víctimas fatales. (AP Photo)El avión se partió por la mitad, como vaina que suelta las semillas, huevo que descubre su misterio. Dos actores, Gibreel, el de las piruetas, y el abotonado y circunspecto Mr. Saladin Chamcha, caían cual briznas de tabaco de un viejo cigarro roto. Encima, detrás, debajo de ellos, planeaban en el vacío butacas reclinables, auriculares estéreo, carritos de bebidas, recipientes de los efectos del malestar provocado por la locomoción, tarjetas de desembarque, juegos de vídeo libres de aduana, gorras con galones, vasos de papel, mantas, máscaras de oxígeno… Y también —porque a bordo del aparato viajaban no pocos emigrantes, sí, un número considerable de esposas que habían sido interrogadas, por razonables y concienzudos funcionarios, acerca de la longitud y marcas distintivas de los genitales del marido, y un regular contingente de niños sobre cuya legitimidad el Gobierno británico había manifestado sus siempre razonables dudas—, también, mezclados con los restos del avión, no menos fragmentados ni menos absurdos, flotaban los desechos del alma, recuerdos rotos, yoes arrinconados, lenguas maternas cercenadas, intimidades violadas, chistes intraducibies, futuros extinguidos, amores perdidos, significado olvidado de palabras huecas y altisonantes, tierra, entorno natural, casa.
Un poco aturdidos por el estallido, Gibreel y Saladin bajaban como fardos soltados por una cigüeña distraída de pico flojo, y Chamcha, que caía cabeza abajo, en la posición recomendada para el feto que va a entrar en el cuello del útero, empezó a sentir una sorda irritación ante la resistencia del otro a caer con normalidad. Saladin descendía en picado mientras que Farishta abrazaba el aire, asiéndolo con brazos y piernas, con los ademanes del actor amanerado que desconoce las técnicas de la sobriedad. Abajo, cubiertas de nubes, esperaban su entrada las corrientes lentas y glaciales de la Manga inglesa, la zona señalada para su reencarnación marina.
«Oh, mis zapatos son japoneses —cantaba Gibreel, traduciendo al inglés la letra de la vieja canción, en semiinconsciente deferencia hacia la nación anfitriona que se precipitaba a su encuentro—, el pantalón, inglés, pues no faltaba más. En la cabeza, un gorro ruso rojo; mas el corazón sigue siendo indio, a pesar de todo.» Las nubes hervían, espumeantes, cada vez más cerca, y quizá fuera por aquella gran fantasmagoría de cúmulos y cumulonimbos, con sus tormentosas cúspides enhiestas a la luz del amanecer, quizá fuera el dúo (cantando el uno y abucheando el otro) o quizás el delirio provocado por la explosión que les evitaba apercibirse de lo inminente…, lo cierto es que los dos hombres, Gibreelsaladin Farischtachamcha, condenados a esta angelicodemoníaca caída sin fin pero efímera, no se dieron cuenta del momento en que empezaba el proceso de su transmutación. ¿Mutación?
Sí, señor; pero no casual. Allá arriba, en el aire-espacio, en ese campo blando e intangible que el siglo ha hecho viable y que se ha convertido en uno de sus lugares definitorios, la zona de la movilidad y de la guerra, la que empequeñece el planeta, la del vacío de poder, la más insegura y transitoria, ilusoria, discontinua y metamórfica —porque, cuando lo arrojas todo al aire, puede ocurrir cualquier cosa—, allá arriba, decía, se operaron, en unos actores delirantes, cambios que habrían alegrado el corazón del viejo Mr. Lamarck: bajo extrema presión ambiental, se adquirieron determinadas características.
¿Qué características respectivamente? Calma, ¿se han creído que la Creación se produce a marchas forzadas? Bien, pues la revelación tampoco… Echen una mirada a la pareja. ¿Observan algo extraño? Sólo dos hombres morenos en caída libre; la cosa no tiene nada de particular, pensarán, treparon demasiado, se pasaron, volaron muy cerca del sol, ¿no es eso? No es eso. Presten atención.
Mr. Saladin Chamcha, consternado por los sonidos que manaban de la boca de Gibreel Farishta, contraatacó con sus propios versos. Lo que Farishta oyó tremolar en el fantasmagórico aire nocturno era también una vieja canción, letra de Mr. James Thomson, mil setecientos a mil setecientos cuarenta y ocho. «… por orden del cielo —entonaba Chamcha con unos labios que el frío ponía patrióticamente rojos, blancos y azules— surgió del aaaazul… —Farishta, consternado, se desgañitaba cantando a los zapatos japoneses, los gorros rusos y los corazones inviolablemente subcontinentales, pero no conseguía ahogar la atronadora voz de Saladin— … y los ángeles de la guaaaarda entonaban el estribillo.»
Desengañémonos, era imposible que se oyeran mutuamente, y no digamos que conversaran y compitieran en el canto de esta manera. Acelerando hacia el planeta, con la atmósfera silbando alrededor, ¿cómo habían de oírse? Pero, desengañémonos nuevamente, se oían.
Se precipitaban hacia abajo y el frío invernal que les escarchaba las pestañas y amenazaba con helarles el corazón estaba a punto de despertarles de su ensueño exaltado, ya iban a percatarse del milagro del canto, de la lluvia de extremidades y de niños de la que ellos formaban parte y del horrible destino que subía a su encuentro cuando, empapándose y congelándose instantáneamente, se sumergieron en la ebullición glacial de las nubes.
ARCHIVO – Salman Rushdie asiste a la 68a ceremonia y cena benéfica del Premio Nacional del Libro, el 15 de noviembre de 2017 en Nueva York. (Foto por Evan Agostini/Invision/AP, archivo)Se hallaban en lo que parecía ser un largo túnel vertical. Chamcha, atildado, envarado y todavía cabeza abajo, vio cómo Gibreel Farishta, con su camisa sport color púrpura, nadaba hacia él por aquel embudo con paredes de nube, y quiso gritar: «No te acerques, aléjate de mí», pero algo se lo impidió, un agudo cosquilleo que se iniciaba en sus intestinos, de manera que, en lugar de proferir palabras hostiles, abrió los brazos y Farishta nadó hacia ellos y quedaron abrazados cabeza con pie, y la fuerza de la colisión les hizo voltear y caer haciendo molinetes por el agujero que conducía al País de las Maravillas. Mientras se abrían paso, surgieron de la blancura una sucesión de formas nebulosas, en metamorfosis incesante de dioses en toros, mujeres en arañas y hombres en lobos. Nubes-criaturas híbridas se precipitaban hacia ellos, flores gigantes con pechos humanos colgadas de tallos carnosos, gatos alados y centauros, y Chamcha, en su aturdimiento, tenía la impresión de que también él había adquirido calidad nebulosa y metamórfica, híbrida, como si estuviera convirtiéndose en la persona cuya cabeza estaba inserta entre sus piernas y cuyas piernas se enlazaban alrededor de su largo y estirado cuello.
Aquella persona, empero, no tenía tiempo para tales fantasías; es más, era incapaz de entregarse al más nimio fantaseo. Y es que acababa de ver emerger del remolino de las nubes la figura de una seductora mujer de cierta edad, con sari de brocado verde y oro, brillante en la nariz y moño alto bien defendido por la laca de los embates del viento de las alturas, que viajaba cómodamente sentada en alfombra voladora. «Rekha Merchant — saludó Gibreel—, ¿acaso no has podido encontrar el camino del cielo?»
¡Impertinentes palabras para ser dichas a una muerta! Pero, en descargo del osado, puede aducirse su condición traumatizada y vertiginosa… Chamcha, agarrado a sus piernas, profirió una interrogación de perplejidad: «¿Qué diablos?»
«¿Tú no la ves? —gritó Gibreel—. ¿No ves su recondenada alfombra de Bokhara?»
No, no, Gibbo, susurró en sus oídos la voz de la mujer; no esperes que él confirme. Yo soy única y estrictamente para tus ojos, excremento de cerdo, mi bien. Con la muerte llega la sinceridad, amor, y ahora puedo llamarte por tu nombre.
La nebulosa Rekha murmuraba agrias trivialidades, pero Gibreel gritó otra vez a Chamcha: «Compa, ¿la ves o no la ves?»
Saladin Chamcha no veía, ni oía, ni decía nada. Gibreel se encaró con ella solo. «No debiste hacerlo —la reprendió—. No, señora. Es un pecado. Una enormidad.»
Oh, y ahora me riñes, rió ella. Ahora tú eres el que se da aires de moralidad, qué risa. Tú me dejaste, le recordó su voz al oído, como si le mordisqueara el lóbulo de la oreja. Fuiste tú, luna de mis delicias, el que se escondió en una nube. Y yo me quedé a oscuras, ciega, perdida por amor.
Él empezaba a tener miedo. «¿Qué quieres? No; no me lo digas, sólo márchate.»
Cuando estuviste enfermo, yo no podía ir a verte, por el escándalo; tú sabías que no podía, que me mantenía apartada por tu bien, pero después me castigaste, lo utilizaste de pretexto para marcharte, de nube para esconderte. Eso, y también a ella, la mujer de los hielos. Canalla. Ahora que estoy muerta he olvidado cómo se perdona. Yo te maldigo, mi Gibreel, que tu vida sea un infierno. Un infierno, porque ahí me mandaste, maldito seas, y de ahí viniste, demonio, y ahí vas, imbécil, que te aproveche la jodida zambullida. La maldición de Rekha y, después, unos versos en una lengua que él no entendía, secos y sibilantes, en los que repetidamente creyó distinguir, o tal vez no, el nombre de Al-Lat.
Gibreel se apretó contra Chamcha y salieron de las nubes. La velocidad, la sensación de velocidad volvió, silbando su nota escalofriante. El techo de nubes voló hacia lo alto, el suelo de agua se acercó y ellos abrieron los ojos. Un grito, el mismo grito que aleteaba en su vientre cuando Gibreel nadaba por el cielo, escapó de labios de Chamcha; un rayo de sol taladró su boca abierta liberándolo. Pero Chamcha y Farishta, que habían caído a través de las transformaciones de las nubes, también tenían contorno vago y difuso, y cuando la luz del sol dio en Chamcha, liberó algo más que un grito.
«Vuela —gritó Chamcha a Gibreel—. Echa a volar, ya.» Y, sin saber la razón, agregó lada orden: «Y canta.»
¿Cómo llega al mundo lo nuevo? ¿Cómo nace?
¿De qué fusiones, transubstanciaciones y conjunciones se forma?
¿Cómo sobrevive, siendo como es tan extremo y peligroso? ¿Qué compromisos, qué pactos, qué traiciones a su íntima naturaleza tiene que hacer para contener a la panda de demoledores, al ángel exterminador, a la guillotina?
¿Es siempre caída el nacimiento?
¿Tienen alas los ángeles? ¿Vuelan los hombres?
Quién es Salman Rushdie
♦ Nació en Bombay, India, en 1947.
♦ Es un escritor y ensayista británico-estadounidense de origen indio.
♦ Su segunda novela, Hijos de la medianoche, ganó el Premio Booker en 1981 y fue considerada «la mejor novela de todas las ganadoras» en dos ocasiones, con motivo del 25 y el 40 aniversario del premio.
♦ Recibió amenazas de muerte a causa de su cuarta novela, Los versos satánicos, incluida una fatwā que pedía su asesinato, emitida por el ayatolá Ruhollah Jomeiní, entonces líder supremo de Irán.
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Entre las primeras consecuencias se registraron demoras en trenes expresos que conectan Tokio con el aeropuerto de Narita y en otros servicios ferroviarios locales. Los trenes bala Shinkansen, en cambio, continuaron funcionando con normalidad. En el distrito tokiota de Koto se rompió una tubería subterránea de agua y unas 460 viviendas quedaron temporalmente sin electricidad.
Las autoridades también revisaron instalaciones consideradas sensibles, entre ellas las centrales nucleares Tokai 2 y Fukushima, que no reportaron anomalías. La primera ministra Sanae Takaichi pidió a los habitantes de las zonas más afectadas mantenerse atentos ante la posibilidad de nuevas sacudidas.
El sismo volvió a poner en evidencia la exposición de Japón, uno de los países con mayor actividad sísmica del mundo.
FUENTE: Noticias Argentinas
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Nadia Beller fue dada de alta en Bolivia
La expareja de Fernando Cerimedo abandonó el centro de salud cerca de las 16:30 y lo hizo en silla de ruedas, acompañada por un importante operativo policial
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11 horas atrásel
23 agosto, 2026
Nadia Beller fue dada de alta este sábado después de permanecer cinco días internada en la Clínica Las Américas, donde recibió atención médica por las heridas que sufrió en el intento de femicidio en su contra.
La expareja de Fernando Cerimedo abandonó el centro de salud cerca de las 16:30 y lo hizo en silla de ruedas, acompañada por un importante operativo policial. De acuerdo con la Fiscalía, durante el atentado recibió tres impactos de proyectil.
El despliegue de seguridad comenzó minutos antes de su salida. Alrededor de las 16:20, efectivos policiales se concentraron en las inmediaciones de la clínica para custodiar a Beller, quien manifestó que continúa temiendo por su vida.
El episodio ocurrió durante la noche del lunes 17 de agosto. Según la investigación, dos hombres vestidos como repartidores de delivery llegaron hasta el lugar y atacaron a la abogada.
Uno de los agresores le disparó, mientras que el otro le robó el teléfono celular y la cartera antes de escapar.
Durante los días que permaneció internada, Beller volvió a referirse públicamente al caso. En una entrevista, apuntó contra Fernando Cerimedo, su expareja y exasesor presidencial, y afirmó que estaría detrás del ataque.

La Justicia dispuso posteriormente la detención preventiva de Cerimedo por 180 días, que deberá cumplir en la cárcel de Palmasola mientras avanza la investigación.
Durante la audiencia cautelar, Cerimedo rechazó las acusaciones y negó cualquier vínculo con el atentado. Ante el juez Wilson Espada, sostuvo que nunca participó de hechos violentos y negó haber contratado sicarios para atacar o matar a una persona.
El exasesor presidencial calificó la decisión judicial como “una locura” y cuestionó los elementos utilizados para vincularlo con el ataque. Su abogado, Ernesto Giraldes, también aseguró que la defensa considera insuficientes las pruebas reunidas hasta el momento y sostiene que la acusación se basa principalmente en los dichos de Beller.
Reforzaron la seguridad en la casa de Beller
Tras recibir el alta, el operativo de seguridad no terminó en la clínica. La Policía también reforzó la custodia en el domicilio de la abogada.
Al menos dos camionetas con efectivos del grupo DELTA llegaron hasta la vivienda para garantizar su protección, luego de que Beller advirtiera que todavía considera que su vida está en riesgo.
La investigación continúa abierta para determinar quiénes fueron los responsables del ataque y establecer si hubo un autor intelectual detrás de la agresión. Mientras tanto, Beller volvió a señalar públicamente a Cerimedo y pidió al presidente Rodrigo Paz que se pronuncie sobre el caso.
FUENTE: TN
Internacional
Ataque sicario en Bolivia: detuvieron a dos sospechosos de balear a la novia de Cerimedo
El atentado ocurrió el 17 de agosto, cuando Beller salió del Swissôtel de Santa Cruz de la Sierra. Según la investigación, dos hombres vestidos como repartidores de comida la interceptaron y le dispararon en varias oportunidades.
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2 días atrásel
21 agosto, 2026
La Policía de Bolivia detuvo este viernes a dos personas, un hombre y una mujer, sospechadas de haber participado en el ataque armado contra Nadia Beller, la abogada que fue baleada el lunes frente a un hotel de Santa Cruz de la Sierra. En la causa ya se encuentra imputado Fernando Cerimedo, ex asesor del gobierno argentino.
Los investigadores buscan determinar si los dos detenidos tuvieron participación directa en el atentado y cuál habría sido el rol de cada uno. Ambos fueron trasladados a dependencias de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), donde se prevé que presten declaración ante el Ministerio Público.
Por el momento, las autoridades bolivianas no confirmaron que se trate de los autores materiales del ataque, por lo que la investigación continúa abierta.
El atentado ocurrió el 17 de agosto, cuando Beller salió del Swissôtel de Santa Cruz de la Sierra. Según la investigación, dos hombres vestidos como repartidores de comida la interceptaron y le dispararon en varias oportunidades.
Después del ataque, los agresores le robaron el teléfono celular y la cartera y escaparon del lugar.
Beller recibió múltiples impactos de bala y fue trasladada a una clínica, donde permaneció bajo atención médica. Un informe de la Clínica de las Américas confirmó que sufrió heridas por proyectiles de arma de fuego en el tórax, cuello, brazo derecho y hombro izquierdo y que debió ser intervenida quirúrgicamente.
La abogada, de 33 años, además cursa un embarazo de entre cuatro y seis semanas, según la evaluación realizada por el equipo médico.
El caso tomó una dimensión política a partir de las declaraciones de Beller, quien acusó a Fernando Cerimedo de haber ordenado el atentado para evitar que difundiera información que, según sostuvo, comprometería a integrantes de la administración boliviana.
“Aquí no gobierna Rodrigo Paz, gobierna Fernando Cerimedo”, afirmó la abogada mientras permanecía internada.
Cerimedo, asesor político argentino y cercano al presidente boliviano Rodrigo Paz, fue detenido el martes en el aeropuerto de Viru Viru cuando intentaba viajar hacia Buenos Aires. La Justicia lo investiga por tentativa de feminicidio a partir de la denuncia de Beller.
El consultor permanece detenido a la espera de una audiencia de medidas cautelares. Además, la Fiscalía Departamental de La Paz abrió una investigación de oficio por un presunto caso de enriquecimiento ilícito.
En el marco de la investigación contra el asesor argentino, las autoridades realizaron un allanamiento en su domicilio y secuestraron dinero, un vehículo oficial, un teléfono satelital y tarjetas de presentación con el sello de la Oficina del Presidente.
La defensa de Cerimedo había planteado dudas sobre el ataque y llegó a mencionar la posibilidad de un “autoatentado”. Sin embargo, el informe médico sobre las lesiones sufridas por Beller confirmó que efectivamente recibió múltiples disparos.
Por ahora, la detención de los dos sospechosos no permite establecer quién ordenó el ataque ni si existe una conexión con Cerimedo. Los investigadores deberán analizar las pruebas, los testimonios y los peritajes para determinar qué participación tuvieron los detenidos.
El Gobierno boliviano aseguró que brindará protección a Nadia Beller y que colaborará con la Justicia para esclarecer el caso.
La investigación buscará establecer si los dos detenidos participaron del ataque contra la abogada y, eventualmente, si tuvieron contacto con otras personas involucradas en el hecho.
Mientras tanto, Nadia Beller continúa bajo resguardo médico y la situación judicial de Fernando Cerimedo permanece bajo investigación.
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