*Por Enrique Romero
A 73 años del Renunciamiento Histórico del 31 de Agosto de 1951, cuando Evita renunciaba a los honores no a la lucha, luego del Cabildo Abierto del 22 de Agosto, cuando el Movimiento Obrero Propuso la fórmula Perón-Evita: el Justicialismo está en un laberinto donde en la entrada está Cristina y en su recorrido Alperovich, Boudou, Lázaro Baez, los bolsos de López, Irán, Maduro, el mequetrefe de Alberto Fernández y una caterva de “justicialistas de ocasión”, sin entender que del laberinto se sale por arriba y con autocrítica .
Evita, figura incómoda y provocadora, desde su lugar en la historia es la expresión más pura y noble de la solidaridad con los humildes. Sin padre, sin apellido, impuso la fuerza de su dignidad, y logró en el 47, la promulgación de la Ley 13.010 que consagró el verdadero voto universal, secreto y obligatorio al habilitar el sufragio femenino, ya que la Ley «Sáenz Peña» instauraba el voto solo para los hombres.
Pero, desde el 2003, el Justicialismo es un museo lleno de símbolos pero falto de contenido, para mal de peores cometieron la aberración de confundir Kirchnerismoy Alperovichismocon Peronismo para quedar invertebrados, sin capacidad para moverse interconectado como un todo armónico y coherente, a tal punto que no puede darle a la sociedad algo que hoy no tiene: valores.
Abandonaron la Doctrina y aquello de que Primero está la Patria, Después el Movimiento y por Ultimo los Hombres fue a parar ala basura.
Sin capacidad para la autocrítica, creyeron que la simulación del fracaso era exitoso para la política, generando un gobierno calamitoso, para terminar concibiendo primero a Macri y ahora a «un demente» como Presidente de la República.
Tal es la confusión Pejotistaque Diego Giuliano del Frente Renovador le dijo a Jaldo: “Para ser policía del peronismo hay que tener autoridad”, confundiendo al PJ con una comisaría sin que ninguna autoridad partidaria le refutara.
La identidad de un peronista se define porque se considera heredero de una historia, con sus aciertos y sus errores, con sus remordimientos y con sus glorias. Es peronista el que reconoce la historia de Perón y de Evita, que acepta la historia como es y el testimonio de los hombres que murieron o estuvieron encarcelados y perseguidos por ser peronistas. También hoy debe aceptar las sinuosidades de la época.
Desde el 2003, se encargaron de llevar a cabo lo que no pudieron ni Isaac Rojas, ni Vandor, ni Triaca padre, ni los montoneros, ni la dictadura criminal, ni Menem: acabar de una vez por todas hasta con el último resabio de aquel peronismo que igualaba para arriba con Justicia Social y la dignidad del trabajo.
Con sus limitaciones, la actual estructura partidaria, precisa de disensos, incluso dentro de su propio gobierno provincial, porque deben escuchar nuevos aportes, impresiones y reflexiones que conformaran un escenario de diferencias donde instalar un pensamiento para la transformación.
Eso significa rescatar la unidad peronista con ideas, con diferencias, con aportes que le exijan imaginar escenarios históricos novedosos para el país y la región en el camino de recuperar el protagonismo político.
Hay que terminar con el concurso de odios instalado por Cristina. La propuesta no aparece porque el odio es la cobertura. El colapso quedará atrás si surge un eros ético-político que haga posible un nuevo amor por la verdad, la unidad, la solidaridad y la organización.