*Por Ricardo Bianchi
El grupo de Copenhague, Se formó a fines de la década de 1920, en el Instituto de Física Teórica dirigido por Niels Bohr y lo integraban, Bohr, Heisenberg, Weizsacker, Jordan y otros físicos, también fue visitado por Einstein.
Ahí comienza la búsqueda de interpretaciones de la naciente Física Cuántica. Los físicos estaban fascinados por descubrir las leyes que emergen sustancialmente opuestas a las de la Física Clásica, su condición contraintuitiva y los fenómenos cuánticos, rodeados de un halo de misterios fantásticos, entre ellos el entrelazamiento cuántico.
El término que usó Albert Einstein para describirlo fue «fenómeno fantasmagórico a distancia». Nunca la mecánica cuántica fue aceptada del todo por él. Seguramente, quiero creerlo, Jorge Luis Borges, lector empedernido, siguió los avatares de la nueva rama de la Física y las distintas interpretaciones que surgían.
Fue contemporáneo de esos acontecimientos. En 1941 escribió el cuento fantástico «El Jardín de los senderos que se bifurcan». El personaje central, Yu Tsum, antiguo catedrático de Inglés, en su visita a Stephen Albert, por motivos que se desarrollan al final de la trama, la cual transcurre en los años de la primera gran guerra, Albert le recuerda a Yu Tsum, que su antepasado Ts’ui Pen, con la siguiente mención «Asombroso destino el Ts’ui Pen, gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo, dejó todo para componer un libro y un laberinto durante trece años y de seguido dice, aquí está el laberinto,
«Un laberinto de marfil» acota Yu Tsum, y Albert corrige; un laberinto de símbolos, un invisible laberinto de tiempo. De seguido exhuma del áureo y renegrido escritorio, un papel antes carmesí, ahora rosado y tenue cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts’ui Pen. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre” Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de los senderos que se bifurcan” me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio”.
Conjeturo que todo el relato fantástico está diseñado para encapsular esta imagen que reitero, “dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de los senderos que se bifurcan, (en el tiempo, no en el espacio)” Esta forma de concebir la alegoría y símbolos criptográficos, hermética, al modo de los alquimistas, tiene un propósito; ocultar el conocimiento de los no iniciados y proteger la teoría revelada por los dioses, de los distintos esquemas que fueron desarrollándose en el transcurso de muchos años por los físicos teóricos y no dejar que se contamine con especulaciones, la más de las veces contrapuestas, en nombre del rigor matemático.
Si nos atrevemos a emparentar la frase reiterada como un nuevo modelo, que contenga es restricción, que agrega Borges a la física cuántica, nos encontramos con los siguientes antecedentes: Lo que aportaría: una distinción entre posibilidad lógica y posibilidad física. En muchos mundos, todo lo que es matemáticamente un resultado de la función de onda se realiza — no hay filtro.
La imagen borgiana de «varios, no todos» introduce un criterio de selección: algo decide qué ramas se actualizan y cuáles quedan como mera potencia no realizada. Eso es, de hecho, más cercano a otras interpretaciones cuánticas que a Everett: Colapso de la función de onda (interpretación de Copenhague): de todos los resultados posibles, sólo uno se actualiza al medir. Los demás no ocurren en ninguna rama — simplemente dejan de ser posibles.
Ahí sí hay una selección real de «varios, no todos» (en realidad, «uno, no todos»). Teorías de variables ocultas (como Bohm): el resultado está determinado de antemano por variables no observadas; lo que parece azar es ignorancia nuestra. También hay ahí una restricción sobre qué futuros son genuinamente accesibles.
Lo que la frase de Borges no resuelve —y que sí es el problema central en física— es el mecanismo de selección: ¿qué hace que unos porvenires se realicen y otros no? En Copenhague es la medición; en Bohm son variables ocultas; en teorías de colapso objetivo (GRW, Penrose) es un proceso físico espontáneo.
Borges no propone mecanismo alguno — es narrador, no físico, y el relato deja la selección en un misterio deliberadamente abierto (de hecho, la trama gira en torno a esa ambigüedad: el lector nunca sabe con certeza qué rama «es» la real dentro de la ficción). La frase no le agrega nada técnico a la física cuántica, porque no ofrece mecanismo. Pero sí articula con precisión literaria el problema filosófico que distingue a las distintas interpretaciones entre sí — el problema de si el universo se ramifica exhaustivamente o si hay una poda real de posibilidades. Es una intuición filosófica que anticipa la pregunta, no una respuesta a ella.
